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Experiencias

Sombras en la oscuridad

Xus JC (09/10/2019)

Publicar las dos experiencias que aparecen en este artículo implica sacar a la luz, por primera vez (1), uno de los expedientes más valiosos de mi archivo. Desde que conocí a su protagonista, he tenido la certeza de que todo el expediente en su conjunto (todavía incompleto) debe ser divulgado. Su contenido es revelador en muchos aspectos y muy desconcertante en otros, por lo que recorrer esta historia es caminar por arenas movedizas. Por ello, desde el principio tuve claro que las prisas son, en este caso, peores consejeras que de costumbre. Cuento con el permiso de mi confidente, requisito irrenunciable para mí, y con su complicidad; pero, aun así, creo necesario avanzar con muchísima cautela.

Para quienes no me conozcan lo suficiente, insistiré en que no publicaría nada si tuviera la menor duda respecto a la honestidad de la persona que, con absoluta generosidad, me ha contado éstas y otras muchas experiencias extrañas padecidas a lo largo de su vida. Conozco, como es obvio, a muchas personas que afirman haber vivido desde siempre envueltas en lo insólito. Éste, por algún motivo que sólo logro comprender en parte, no es un expediente más. Incluso el modo en que nos conocimos es anómalo. Pero esa historia, si llega el caso, será contada en otro momento.

Los visitantes (1)

«No sé por qué, pero fui una niña muy miedosa. Calculo que por aquel entonces tendría alrededor de cinco años. Recuerdo que dormía en una cuna de mimbre enorme junto a la cama de mis padres. La había fabricado mi abuelo y la había hecho tan grande que todavía podía utilizarla. De la casa, que pertenecía a mi abuela paterna, lo que mejor recuerdo es que era muy vieja y que tenía unos techos altísimos.

»En la habitación de mis padres, junto a la puerta, había un viejo perchero que, noche tras noche, no dejaba de atormentarme. Los brazos de la parte superior, en la penumbra, se "convertían" en monstruos y fantasmas. Sabía que todo era producto de mi imaginación, pero no lograba dominar el miedo. Por eso, cada noche, me quedaba mirando fijamente en esa dirección para ratificar que allí no había nada más que un perchero que sólo podía cobrar vida gracias a mi inagotable fantasía. Hasta que me dormía, miraba una y otra vez con el recelo de que mis temores, algún día, acabaran por materializarse. Por fortuna, aquel perchero nunca dejó de serlo; pero una noche…

»Lo primero que pensé fue que, esta vez, mi imaginación se había salido con la suya. Tras la puerta, entreabierta, se veía la silueta de dos seres. Su forma era aparentemente humana, pero su altura, que superaba la del marco de la puerta, era desproporcionada. No se les podía distinguir rostro o cabello y emitían una especie de luz o resplandor muy tenue. A pesar de mi corta edad, decidí zanjar el asunto demostrándome que sólo era una broma pesada de mi mente; por ello, me quedé mirando fijamente con la esperanza de que aquellos visitantes, irreales, desaparecieran. Pero no. Estaban quietos, observándome, sin aparente intención de marcharse. Entonces, ya convencida de que eran totalmente reales, entré en pánico. Me quedé completamente paralizada, incapaz de moverme, gritar... Fueron varios los minutos que pasaron hasta que aquellos seres se marcharon. No desparecieron; se retiraron como lo habría hecho cualquier persona; primero uno, después el otro. Aunque más que caminar, parecía que se deslizaban».

La sombra negra

«Ya no vivíamos en la vieja casa de mi abuela, lo hacíamos en un piso. Habían pasado alrededor de diez años desde mi encuentro con los "visitantes". Serían las ocho de la tarde, pero ya había oscurecido. Me dirigía hacia el salón por el pasillo, que era muy largo. A pesar de la oscuridad, podía ver lo suficiente y no había encendido ninguna luz. Al llegar al salón, en el que teníamos una barra de bar construida con maderas, me encontré con aquello.

»Aparentemente leyendo (u observando) una revista que había abierta sobre la barra, había una sombra negra. Tenía forma humana, al menos la parte que podía ver, porque la barra tapaba sus piernas (si las tenía). Se distinguían brazos y cabeza, pero su negrura impedía identificar rostro, orejas, pelo... Tenía el relieve propio de una persona y, suponiendo que se apoyara en el suelo, era alta, aunque no tanto como los seres vistos años atrás.

»Al percibir mi presencia, levantó la cabeza y la dirigió hacia mí. Han pasado muchos años y me sigue aterrando aquella visión. Completamente horrorizada me puse a buscar el interruptor de la luz; cometido que, fruto de los nervios, me costó llevar a cabo. Finalmente logré iluminar la estancia. La sombra ya no se veía, pero yo sentía que todavía estaba allí, conmigo. Es una sensación que no puedo explicar, pero que para mí era una certeza.

»Con alrededor de catorce años, que es la edad que debía tener por entonces, aquella experiencia fue mucho más impactante que la vivida en la habitación de mis padres; una experiencia que, incluyendo emociones, el tiempo no ha logrado borrar de mi memoria».

 

(1) El relato Los visitantes fue adelantado en primicia en Tertulias de lo desconocido (en el programa ¿Te atreves a pasar con nosotros una noche de miedo?).

 

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