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Guadalajara, 1966

Niños de otro mundo

Xus JC (19/01/2019)

Su vez emerge de entre las ondas de Ràdio Manises cada martes poco después de las nueve de la noche. Espacio Exterior, el programa que dirige y presenta, se ha convertido en una de las propuestas radiofónicas indispensables para cualquier amante del misterio. Hace un año apenas la conocía (y sólo en redes sociales), pero hoy la considero amiga sin reserva alguna y a todos los efectos. Su nombre es Rosario Fuentes y es la protagonista de una experiencia fascinante que no podía faltar en Al final de la escalera.

Rosario tenía cuarenta y cuatro años. Un día, viendo un programa de nuestro querido y admirado Fernando Jiménez del Oso, una historia imposible aparcada en su cerebro durante muchos años volvió a ser real. Dirigió su mirada hacia una de sus piernas; allí estaba una de las piezas, el resto del puzle aguardaba entre sus recuerdos.

Está demostrado que nuestro subconsciente esconde determinados recuerdos en rincones apartados de nuestra memoria con la intención de acercarlos al olvido. Sucede en experiencias traumáticas, como accidentes de tráfico, en los que la persona no puede recordar lo sucedido. Lo habitual es que con el paso del tiempo vayan resurgiendo esos recuerdos, probablente cuando nuestro subconsciente entiende que ya no van a hacernos daño o que vamos a poder asimilarlos. En otras ocasiones puede ser una palabra, una imagen o cualquier otro estímulo el que de repente rescate esa experiencia aparentemente inexistente durante años. En el caso que nos ocupa, así fue.

Niños de otro mundo

Juan Ramón y Rosario, con sus cinco hijos, viven en la finca de Montellano. Son los encargados de cuidarla, tarea que comparten con Juan Ramón y Antonia, primos suyos que también viven allí con sus tres hijos. La finca, situada en la montaña y bastante alejada del pueblo, pertenece al término de Alcocer, Guadalajara. Rosario, nuestra protagonista, es la más pequeña de sus hermanos y también de todos los primos; en el momento que tracurre esta experiencia cuenta con tres años.

Nos trasladamos hasta la mencionada finca y en concreto hasta una mañana de verano de 1966. Rosario está llorando; su padre, con su tío, se han marchado a arreglar unos asuntos y esto no le agrada en absoluto. Julito, uno de sus primos y mayor que ella, se ofrece voluntario para acompañarla hasta donde se encuentra su padre. La niña, muy contenta, acepta la propuesta y se marcha con él.

Cuando han completado casi todo el trayecto, Julito recuerda que tenía que hacer algo y, como ya no es complicado llegar hasta donde están su padre y el de su prima, da a ésta las indicaciones necesarias e inicia el camino de regreso. Rosario ha comprendido perfectamente las instrucciones y se dispone a seguirlas, pero entonces observa algo extraño: una niña que se dirige hacia ella sin prestarle atención para luego esconconderse tras unos arbustos. Piensa que se trata de un juego y no duda un instante en seguirla. Sin embargo, aquella niña parece que en lugar de correr se desliza. A pesar de ello logra darle alcance, lo que en principio le divierte; pero de repente Rosario comienza a sentirse incómoda.

Todo a su alrededor cambia; aquel lugar ya no le es familiar en absoluto. Pero lo que más la asusta es la presencia de otros dos niños. Aunque no hablan, Rosario siente que su presencia no les agrada, que de algún modo le están reprochando a su recién nueva amiga que la haya llevado hasta allí. Está a punto de romper a llorar cuando la niña se acerca para ponerse a jugar con ella y recorrer aquel desconcertante lugar. De repente saca un aparato muy extraño con el que le quita un trozo de piel de su pantorrilla; Rosario no se asusta, pues lo interpreta como parte del juego. Tampoco se asusta cuando descubre que su acompañante no dispone de dedo pulgar en sus manos y que las pupilas de sus ojos se parecen a las de un gato; al contrario, le parece muy guapa y confía en ella.

Rosario comienza a escuchar a su madre. Ésta, preocupada, ha iniciado la búsqueda de su hija, pues hace mucho que no sabe nada de ella y está a punto de desatarse una tormenta. Rosario comienza a decirle: «Estoy aquí, mamá»; pero comprueba que su madre no puede escucharla. La voz, cada vez más angustiada, sigue acercándose más y más, pero las respuestas de la pequeña siguen sin surtir efecto alguno. Incluso empieza a ver a su madre, pero no encuentra el modo de ir a su encuentro. Entre lágrimas, y aunque en ningún momento hablan, se gira hacia la niña como pidiendo ayuda. Ésta muestra un gesto que Rosario no sabe si interpretar como piedad o aprensión, pero la ayuda parece llegar de algún modo, pues al momento se encuentra en brazos de su madre. El paisaje vuelve a ser el de siempre, los niños ya no están; todo ha terminado.

¿Qué sucedió?

La marca en la pierna, que ahí sigue y he tenido la oportunidad de ver, es todo un clásico de los casos conocidos como abducción. En este caso ayudó a Rosario a recuperar un recuerdo confuso y prácticamente olvidado. Sin embargo, esta experiencia, aunque se asemeje en algunos detalles, no encaja con lo que conocemos como abducción. No podemos descartar que se trate de un falso recuerdo, aunque, de ser así, seguiría siendo un gran misterio, pues cuesta entender cómo puede llegar a fabricarse inconscientemente una historia así. Y digo inconscientemente porque no pongo en duda ni por un instante la honestidad de mi buena amiga. Es más, ella misma plantea esta opción, el falso recuerdo, como una posibilidad, aunque poco probable.

Dejando de lado el falso recuerdo y teniendo en cuenta el sinfín de detalles que pueden orientar en una dirección u otra el análisis de esta extraña experiencia, lo más llamativo es que parezca una especie de accidente, como si Rosario, por simple casualidad, se hubiese tropezado con una realidad a la que no pertenecía y que probablemente no tendría que haber visto. En cualquier caso, lo que no le falta a este caso es una buena dosis de ese componente absurdo y desconcertante tan presente en tantas experiencias y que a mí, particularmente, no deja de fascinarme. Lo realmente interesante es que, se trate de lo que se trate, supone un misterio por el momento indescifrable con claves que pueden sacudir los cimientos de nuestro concepto de la realidad.

 

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