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España, años 40

La llama de una historia triste

Xus JC (19/11/2018)

Hay millones de pequeñas historias que, aun mereciéndolo, jamás serán contadas. Son apenas un suspiro para la historia de la humanidad, anécdotas aparentemente insignificantes, con protagonistas nada relevantes, acaecidas en lugares recónditos de los que nadie hablará nunca. Son esa parte de la historia que nada tiene que ver con cruentas batallas, tratados firmados por personas importantes o grandes descubrimientos. Algunas, con suerte, se convierten en leyenda; otras logran formar parte de la tradición de un determinado lugar; pero la mayoría se desvanecen hasta integrarse en el olvido.

La historia que voy a contaros es tan sólo una más, pero, a diferencia de la inmensa mayoría, no va a desaparecer. No es especial, no es distinta; únicamente cayó en manos de las personas adecuadas para no ser olvidada definitivamente.

Retrocedamos hasta finales de los años cuarenta. Un niño de poco más de diez años regresa desde las montañas hacia el pueblo. Ha dejado a las ovejas a buen recaudo y es hora de volver a casa. Su madre debe estar ya en la puerta ansiosa por verlo aparecer; será el último en llegar. Dentro esperarán una buena cena y el calor del fuego. Son tiempos muy duros en la España más profunda de la posguerra. No es el único niño al que le toca pasar el día en las montañas cuidando del ganado; otros, como él, han tenido que dejar la escuela definitivamente.

Aquella tarde el regreso a casa es particularmente tortuoso. Hace tiempo que el sol se ha escondido tras las montañas, no ha encontrado a nadie por el camino y, una vez más, tendrá que pasar solo por la puerta del cementerio. Odia hacerlo, pero es muy tarde y preocupará a su familia si da un rodeo.

Intenta desviar su atención hacia pensamientos que lo alejen del miedo. Logra hacerlo, pero cuando comienza a divisar el cementerio hay algo que llama su atención y reaviva su inquietud: en su interior se observa una pequeña luz. No se detiene a mirar; pasa rápidamente encarando el último tramo hasta el pueblo. Unos pocos minutos y estará en casa; allí no habrá lugar para sus temores.

La cena transcurre con normalidad, con el habitual intercambio de experiencias entre los componentes de la familia; aunque el abuelo, como siempre, es el que más habla. Pero nuestro joven protagonista permanece en silencio. Recuerda la luz que ha visto en el cementerio sin dejar de preguntarse qué puede ser aquello. Nadie parece darse cuenta, nadie salvo su padre, hombre reflexivo y observador. Éste, preocupado, espera hasta quedarse a solas con su hijo para preguntarle qué sucede. Y sí, aquel hombre físicamente castigado por la enfermedad, pero poseedor de una mente brillante y una memoria prodigiosa, tiene una respuesta. Detrás de aquella luz que tanto lo ha asustado hay una historia, una historia triste y hermosa a la vez.

Sucedió hace años. En un caserío alejado del pueblo, pero perteneciente a éste, vivía una muchacha de diecisiete años. Se había enamorado de un chico un poco mayor que ella que iba hasta el caserío de vez en cuando por cuestiones de trabajo. Este amor, felizmente correspondido, dio lugar a que la muchacha se quedara embarazada. Él, en respuesta a la situación, fue a hablar con el padre de la chica para manifestar su intención de contraer matrimonio y formar una familia. La respuesta fue negativa. Lo echaron de la casa de malas maneras, no sin antes advertirle de cuáles serían las consecuencias si volvía a aparecer por allí. El muchacho, roto, desesperado, se marchó a su pueblo. Ella era menor edad y bien poco se podía hacer.

Pasaron los meses y el embarazo concluyó con el nacimiento de una niña preciosa. Pero las desgracias no habían cesado, pues la madre, hundida en la tristeza, murió. El padre, a quien la noticia no había tardado en llegar, viajó hasta el pequeño caserío decidido a reclamar a su hija. Para su sorpresa y alivio, no encontró objeción alguna a su propósito. Así, ambos se marcharon para no regresar jamás.

Nadie puede afirmarlo con certeza, porque nadie lo vio; pero no es difícil adivinar quién acudía cada año, de noche, cuando nadie podía verlo, a encender una vela y depositar flores en la tumba de la muchacha. Así fue durante muchos años en cada aniversario de su muerte. Casi nadie conocía la identidad de la persona enterrada bajo aquella sencillísima cruz de madera sin inscripción alguna. Muchos no recordaban, otros habían preferido olvidar.

El hombre que decidió mantener viva aquella llama, sin saberlo, logró hacerlo para siempre. La cruz ya no existe, ya nadie enciende aquella vela, nadie lleva flores a una tumba ya ilocalizable. No importa. A diferencia de otras muchas historias, ésta, al menos ésta, no caerá en el olvido. Muchos años después de aquella tarde de invierno, aquel pastor me regaló este pequeño suspiro que, con estas líneas, decido inmortalizar.

 

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