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Expediente Beleth (III)

Niña, ¿qué haces aquí?

Xus JC (09/08/2018)

Tan sólo habían transcurrido nueve días desde mi última visita. El 22 de diciembre, Luca, Andrés, Wasim, José Luis y Rafa, del grupo de investigación Desde el otro lado 0.5, e Inés, Fermín y yo (Xus), del grupo Vestigium, habíamos completado la interesantísima investigación que daría lugar al reportaje El monje que no fue (ver enlaces al final del artículo). Tanto esta última como la anterior, el 10 de noviembre, se habían desarrollado de noche, por lo que pensé que era conveniente regresar al lugar de día y descubrir esos detalles que, ocultos tras la oscuridad, pasan en muchas ocasiones desapercibidos. También quería obtener, con la luz del sol, fotografías y grabación de vídeo que Rafa pudiese emplear en la confección del reportaje. Sin embargo, aquella visita acabó deparándome una sorpresa muy inesperada.

Faltaban pocas horas para que el 2017 se convirtiera en pasado; era el domingo 31 de diciembre. Había salido un día realmente magnífico; despejado y con una temperatura muy agradable. Serían las once de la mañana cuando informé al resto del grupo de mi intención de acercarme al lugar (alguna que otra broma tuve que «soportar» respecto al peculiar modo en que iba a ocupar parte del último día del año). Mi intención inicial era hacerlo solo, pero una compañera de la asociación que no acostumbra a venir a las investigaciones quiso esta vez acompañarme. Como es lógico, acepté muy gustoso la propuesta. Así, camino de la una del mediodía, nos dirigimos hacia el imponente edificio que protagoniza nuestro expediente Beleth.

El primer detalle que me sorprendió en esta nueva visita fue que el edificio, de día, puede divisarse cuando todavía queda mucho camino por recorrer. Y es lógico, porque su tamaño, a pesar de estar rodeado de grandes árboles, impide que pase desapercibido. A decir verdad, no es nada fácil encontrar construcciones de igual o similar magnitud. Tan sólo la noche, siempre mágicamente engañosa, proporciona la impresión de que se esconde tras los árboles.

Dejé mi coche frente a la casa en posición de huida. Esta costumbre, que me ha contagiado mi buen amigo Fermín (siempre deja la furgoneta de este modo), es siempre motivo de broma en todas y cada una de las investigaciones. Tengo que decir que yo no sigo tan a rajatabla este peculiar protocolo, aunque en esta ocasión, puede que para consuelo de mi acompañante, sí lo hice. Cogimos las cámaras y, sin más, entramos en materia.

Durante los primeros minutos me limité a grabar y fotografiar la parte exterior del edificio. Mientras, mi compañera se fue introduciendo en diferentes estancias a las que se accede directamente desde fuera. A pesar de lo sencillo de la tarea que pretendía desempeñar, ésta se complicó bastante a causa del viento, que comenzó a soplar con bastante intensidad. Pasado no mucho tiempo, y puede que alentado por el mencionado contratiempo, decidí entrar en la vivienda principal. Mi acompañante lo hizo detrás de mí.

Muy pronto y para mi sorpresa nos separamos. Yo conocía la casa con detalle, pero no mi compañera, pues era su primera visita. Anduvimos de un lado para otro sin criterio alguno hasta que yo decidí subir a la primera planta. Allí estuve haciendo varias fotografías, no sin sorprenderme con cada uno de esos detalles que no había podido observar de noche. Así, distraído, tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que se había hecho tarde. Inmediatamente descendí hasta la planta baja para recoger a mi compañera e ir hacia el coche. Pero cuando bajé ya no estaba.

Me preocupé. En este tipo de visitas siempre corres el riesgo de pisar en el lugar inadecuado y acabar teniendo un pequeño accidente (a veces no tan pequeño). Me dirigí sin demora hacia el exterior donde, para mi alivio, me estaba esperando. Cuando me disponía a abrir las puertas del coche para dejar las cámaras, se acercó a mí y con un semblante muy serio me dijo: «¿Qué han visto otros aquí?» Desconcertado, la interrogué acerca de la naturaleza de su pregunta. Justo antes de introducirse en el vehículo me contestó: «He visto a una mujer».

Estoy acostumbrado a este tipo de situaciones; pero no con ella. No es sensitiva y tiene un miedo atroz a estas cosas. Como ya he comentado, aunque colabora activamente en todo tipo de cuestiones relacionadas con la asociación, apenas ha participado en un par de investigaciones. Ya fue para mí una sorpresa que quisiera acompañarme, pero lo interpreté como un gesto para evitar que fuera solo. Luego me llamó la atención la determinación con la que comenzó a deambular por la casa, pero en este caso entendí que la curiosidad estaba siendo más fuerte que sus temores. El final de la visita no lo esperaba en absoluto.

Superada la excitación del momento, pero a menos de veinticuatro horas de lo sucedido, fue al día siguiente, ya Año Nuevo, cuando decidí que era el momento de interrogarla y así poder conocer los detalles de su experiencia.

Niña, ¿qué haces aquí?

«Sentí cierta inquietud al entrar en la casa, pero aun así me encontraba a gusto; la curiosidad y la luz del día me animaban a moverme por cada una de las estancias. Sin embargo, a medida que me fui acercando a una especie de saloncito que hay en la planta baja (imagen 2), comencé a sentir una presión en el pecho que ya no me abandonó hasta completar el viaje de regreso.

»Desde el patio interior (imagen 3) tomé una fotografía en dirección a una ventana que da al saloncito (fotografía: imagen 4). En ese momento tuve la sensación de que había alguien dentro. Pronto se convertiría en certeza, pues al entrar comencé a sentirme vigilada y acompañada. Fue muy poco después cuando la vi; estaba allí, sentada en la mecedora; mirándome. No sabría concretar qué edad tenía, no llegaba a ser una anciana, pero tampoco era joven. Lo que más me llamó la atención, y lo que mejor recuerdo, es el chal que llevaba. También me dio la impresión de que no era la dueña de la casa. Entonces, con un tono de desconcierto, que no de reproche, me dijo: “Niña, ¿qué haces aquí?”»

Reflexión final

El tiempo transcurrido desde aquel día no ha modificado su versión de los hechos. Admite que ha intentado racionalizar aquella experiencia, convencerse a sí misma de que el contexto le pudo jugar una mala pasada. Ni ella lo cree ni yo tampoco. He intentado contrastar este suceso con el resto del expediente, pero sin ningún resultado concluyente. Hasta donde yo sé, en el lugar hemos investigado Desde el otro lado 0.5, Hela, Omega Ghost y nosotros, Vestigium. A lo largo de las investigaciones han ido «apareciendo» diferentes personajes; éste sería uno más. La casa va camino de los cuatro siglos de historia; por ella tuvieron que pasar muchísimas personas. ¿Es una de esas personas la mujer del chal?

Me «persigue» la convicción de que estamos muy lejos de poder proporcionar una explicación fiable para este tipo de fenómenos. Por ello, creo que es conveniente que en cada investigación quede reflejado cualquier detalle minímamente llamativo. Tratamos de montar un puzle enorme en el que cada pieza es importante; método y paciencia son nuestras mejores armas. En este caso creo que conviene resaltar algo que podría (sólo podría) ser importante. Durante aquellos días, a mi compañera la acompañaba la tristeza de haber perdido a una persona muy querida. ¿Esa «proximidad» con la muerte pudo abrir una puerta habitualmente cerrada? Como dije, anotado queda en el cuaderno; el tiempo dirá si es o no una pista a tener en cuenta.

 

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