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Un enigma recurrente

Encuentros «imposibles»

Xus JC (13/09/2018)

Una enfermera camina por uno de los pasillos de uno de los hospitales de una gran ciudad. Es tarde. El ajetreo y el bullicio del día han sido reemplazados por la calma y el silencio. Toca turno de noche. Es ahora cuando comienzan a emerger esos pequeños detalles que durante el día pasan inadvertidos. Un puerta que se abre, la respiración de un paciente dormido, pasos... todo se percibe con claridad, con rotundidad. Así son las noches en un hospital. Cabe esperar que ésta, aunque larga como siempre, transcurra con normalidad, sin sobresaltos de consideración.

Al final del pasillo, justo en el extremo opuesto, hay una pequeña sala de espera. También allí, como en el resto del hospital, se han instalado el silencio y la quietud. A estas horas suele estar vacía, pero no hoy. En uno de los asientos hay una mujer joven de aspecto desaliñado que apenas deja entrever su rostro. Entre sus manos puede apreciarse una mirada perdida, perdida y asustada. No está pasando por su mejor momento.

Apenas unas semanas antes todo era felicidad: el hijo que ella y su marido tanto habían deseado estaba a punto de nacer. Pero por desgracia las cosas se han complicado. El parto no ha sido sencillo y el estado del recién nacido es preocupante. Ahora está en la gran ciudad, a muchos kilómetros de distancia de su pequeño pueblo, pues les han aconsejado trasladarse hasta la capital de la provincia vecina. El cuidado de los campos y el ganado ha impedido que su marido pueda acompañarla.

Y allí está ella, sola. Acostumbrada a la vida en un pueblo de cincuenta habitantes, aquella inmensa ciudad en la que no conoce absolutamente a nadie es el lugar más hostil imaginable en una situación ya de por sí angustiosa. Son los años ochenta. No existen los teléfonos móviles. Ni tan siquiera hay teléfono fijo en las casas del pueblo; únicamente una centralita que convierte cualquier comunicación en una auténtica odisea. El paso de las horas es insoportable. No logra entender qué le pasa a su hijo ni sabe muy bien a quién dirigirse, dónde acudir. Sólo espera que aquella pesadilla, de algún modo que no acierta a imaginar, pase de largo.

La enfermera llega al extremo del pasillo en el que está la sala de espera. Su intención es pasar de largo, pero al dirigir su mirada hacia el interior y ver a la mujer siente el impulso de acercarse. Se interesa por ella. Ha percibido su preocupación y su tristeza. Está acostumbrada a ver a personas angustiadas, nerviosas, con el lógico desasosiego que provocan situaciones habituales en un hospital. Pero aquella mujer transmite algo especial.

La mujer responde tímidamente a las preguntas de la enfermera. Vive en un pueblo muy pequeño rodeado de montañas, un pueblo que hasta ese momento había abandonado en contadas ocasiones para ir hasta alguna localidad vecina o, como mucho, a la capital. Ahora está desorientada y asustada. Es entonces cuando una pregunta más y su correspondiente respuesta lo cambian todo: «¿Cómo se llama tu pueblo?»

Aquella enfermera, una de tantas en aquel hospital (uno de tantos en aquella gran ciudad), afirma tener un amigo que, aunque ya no vive allí, nació en ese pueblo. Obviamente la mujer lo conoce; todos se conocen en el pueblo, incluso aquellos que partieron en busca de trabajo y ahora residen en otros lugares. De inmediato aquella feroz e ingrata ciudad deja de serlo; ya no se siente sola, sabe ya a quién acudir.

Un enigma recurrente

Esta historia sucedió hace casi cuarenta años. Lo descrito en ella es tan sólo la punta del iceberg de un complejísimo entramado que implica a varias personas, diferentes lugares y una oportuna sucesión de encuentros a lo largo de los años. La escena de la sala de espera es el último eslabón de una larguísima cadena de situaciones. Con que hubiera fallado un sólo eslabón, aquella noche no se habría producido el feliz encuentro o no habría tenido las consecuencias que tuvo. Lo curioso es que esta historia no encerraría misterio alguno de no ser porque, paradójicamente, no tiene nada de extraordinaria. Al contrario, situaciones como la descrita se producen con sorprendente y desconcertante frecuencia. Se trata en consecuencia de un enigma recurrente. Pero, ¿cuál es su explicación?

Casualidad

Constituye sin duda la respuesta más ortodoxa: casualidad, un magnífico golpe de suerte. Y es cierto que de no ser por la reiteración esta conclusión sería más que suficiente. Pero la bajísima probabilidad de que se produzca un encuentro de estas características, unido a la facilidad con que podemos recoger testimonios similares a éste, complica las cosas de forma considerable.

Milagro

Para las personas creyentes es relativamente sencillo encontrar una explicación: la intervención divina. Poco o nada se puede debatir acerca de una creencia. Sí podemos sospechar que algunas tradiciones y leyendas (también algunas creencias) podrían tener su origen en este tipo de encuentros que con frecuencia habrán sido interpretados como auténticos milagros.

Detrás de nuestras decisiones

¿En cuántas ocasiones hemos hablado de esas decisiones aparentemente irrelevantes que lo cambiaron todo? Tomar una calle u otra, subir por las escaleras o hacerlo por el ascensor, realizar o no una determinada llamada telefónica... ¿Es sólo una cuestión de azar o hay algo más? Y si lo hay, ¿qué es? ¿Dios? ¿El destino? ¿Una fuerza desconocida que actúa sobre nuestro subconsciente?

No es para tanto

Los mal llamados escépticos (más bien negacionistas o acomodados sobre convicciones inamovibles) afirmarán que la cuestión no es tan relevante, que la frecuencia con que se producen este de tipo de situaciones no justifica su estudio, que la casualidad y el azar son explicación más que suficiente. La dificultad que tendría llevar a cabo un estudio riguroso es su mejor coartada (también para los creyentes).

Un final feliz

El más mínimo detalle, entre muchos, habría dado al traste con la historia que da inicio a este artículo. Por fortuna, ya sea en forma de casualidad o causalidad, no sólo se produjo el encuentro entre aquella mujer asustada y la enfermera, sino que el bebé salió adelante; hoy es un hombre de casi cuarenta años.

No siempre es así. Otros encuentros «imposibles», a diferencia de éste, son menos amables; aunque tal vez todo sea una cuestión de perspectiva. Habrá ocasión de hablar de ellos.

 

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