Facebook Twitter Youtube Ivoox

Autora de «Neuronas espejo» (Guante Blanco)

Ana Rodríguez: «Hay un arma muy importante en nosotros: la consciencia de lo que podemos llegar a ser»

Xus JC (21/01/2021)

«Muchas veces da la sensación de que la sobrevalorada racionalidad está dejando de lado nuestra verdadera biología; la biología que nos vincula, la que nos permite aprender y desarrollarnos, la que nos humaniza de manera profunda». Uno se encuentra con esta frase apenas unos segundos después de haber iniciado la lectura de Neuronas espejo, el libro escrito por la psicóloga Ana Rodríguez y publicado por Guante Blanco a mediados de 2020. Confieso que esas palabras me cautivaron y que, meses después, ese libro sigue sobre mi mesa de trabajo con muchas anotaciones y reflexiones personales en su interior.

Esta entrevista llega en un momento de nuestras vidas especialmente complicado, un momento que quedará grabado para siempre en la historia y en el que la condición humana, con sus luces y con sus sombras, es, más que nunca, motivo de observación y estudio. Esta charla con Ana Rodríguez llevaba mucho tiempo planeada, incluso antes de tener el libro en mis manos. Tras su lectura, fueron muchas las reflexiones que me invadieron. Y, por supuesto, preguntas; interrogantes acerca de esa herramienta tan maravillosa como desconcertante: el cerebro humano. Aquí están algunas de esas preguntas; sus respuestas, las que nos proporciona Ana Rodríguez, nos embarcan en un viaje apasionante hacia nosotros mismos.

 

(Xus). ¿Cómo nació «Neuronas espejo»? ¿Qué te impulsó a escribirlo?

 

(Ana). La verdad es que llevaba mucho tiempo recopilando información, pero mi manera de compartirla era a través de charlas o conferencias, o incluyéndola en las clases que he impartido, ya sea mencionándolas directamente o aplicando su uso en el proceso enseñanza-aprendizaje. En septiembre del año pasado, estuve en Huércal de Almería en las III Jornadas de Espiritualidad y Ciencia, invitada por dos grandes amigos, como son Antonio Jesús López Alarcón y Mar Contreras, para «perpetrar» una charla que titulé Apología a las neuronas espejo. Entre el público estaba Óscar Fábrega, conocido por todos por sus libros y por su trabajo como editor de Guante Blanco. Al final de la charla, estuvimos hablando y me propuso colaborar con un título en la colección Círculo del misterio; y, bueno, no me lo pensé ni un segundo. Después de eso comenzó una carrera a fondo para ordenar toda la información, darle coherencia interna y plasmarla lo mejor que pude en un libro que fue parido, por decirlo de alguna manera, en junio del ya pasado 2020. Así que a tu pregunta de qué me impulsó a escribirlo, más bien sería quién. Le doy las gracias por ello a Óscar, por empujarme a dar este salto.

 

(Xus). Las neuronas espejo fueron descubiertas por casualidad, pero ¿cómo se tropezó Ana Rodríguez con las neuronas espejo?

 

(Ana). Nunca mejor dicho: ¡me tropecé con ellas! Siguiendo mi investigación personal respecto a la inteligencia emocional y social, me di de bruces con una charla del Canal Ted, una plataforma en la que muchos librepensadores contemporáneos exponen en pocos minutos nuevas perspectivas, descubrimientos y avances en muchos ámbitos. Aquel día conocí a uno de los científicos más audaces que he escuchado nunca: Vilanayur Ramachandran, neurocientífico de origen indio, profesor en la Universidad de San Diego (California) y director del Center of Brain and Cognition; con una valentía inmensa a la hora de exponer hipótesis y planteamientos revolucionarios. La conferencia se titulaba Neuronas que le dieron forma a la civilización, y, bueno, en menos de ocho minutos le dio un vuelco brutal a mi cerebro. Allí exponía el descubrimiento de las neuronas espejo y la implicación tan enorme que tienen en nuestra vida. A partir de aquel momento, sentí que había dado con la clave más importante para exponer de una manera más concreta el efecto que tenemos los unos en los otros. Le dio una base cuantificable, palpable, al mundo etéreo —muchas veces— de las emociones y de las relaciones humanas. Después, tirando del hilo, conocí a Giacomo Rizzolatti, todo un Einstein de la neurociencia —tanto por aspecto como por talante investigador—, y a todo su equipo, los verdaderos descubridores de las neuronas espejo. Y bueno, se fraguó una verdadera historia de amor/conocimiento/curiosidad/investigación que sigue durando a día de hoy.

 

(Xus). De forma resumida —para una explicación a fondo ya está el libro—, ¿qué son las neuronas espejo y, sobre todo, qué supone conocer su existencia y su funcionamiento?

 

(Ana). Bueno, las neuronas espejo son células nerviosas cerebrales que rompen completamente con el paradigma estanco en el que se movía la neurociencia hasta que se descubrieron. Un paradigma que aseguraba que cada neurona tiene una sola función, ya sea motora o sensorial. Las neuronas espejo destruyen ese paradigma diametralmente, ya que son células que se activan ante ambas funciones. Es decir, hay neuronas que se activan al hacer y también al ver. Por ejemplo: si chuto una pelota o si veo chutar una pelota, las neuronas implicadas en esa acción se «encienden» independientemente de si lo hago yo o si lo veo hacer a otro. Derrumban la barrera entre el otro y yo. Y no sólo ante la visión, también ante el oído, o ante la propia imaginación. A fuerza de experimentar y relacionarnos, vamos generando plantillas de funcionamiento en nuestro cerebro. Un futbolista profesional, cuando vea a otro jugando a fútbol, tendrá unas plantillas de la acción mucho más elaboradas y específicas, y su sistema de neuronas espejo se activará con mucha más fuerza. Así que la experiencia previa refuerza también esas activaciones, sin menospreciar tampoco a las que veamos por primera vez. En este caso, por ejemplo, es curioso ver cómo, en cuestión de idiomas, a veces somos incapaces de replicar el sonido de algún vocablo, simplemente porque no tenemos suficiente experiencia con él y, por ello, ninguna plantilla en nuestro cerebro que pueda reproducirla en un principio. El caso contrario pasaría al oír a alguien hablando en castellano, que, aunque lo hable mal, podremos entenderlo, debido a la cantidad de plantillas específicas y refinadas que la experiencia prolongada nos da en esa materia.

Así pues, no es difícil imaginar que todo aquello que hacemos —y todo aquello que hacen los demás— adquiere una importancia primordial más allá de lo que pensamos a priori. Todos estamos entrelazados en cierta manera. Esto tiene muchísimas implicaciones, como expongo en el libro: en la educación, en las relaciones personales, en lo que consumimos a través de los medios, en lo que nos llega a través de los entornos… Para mí es un descubrimiento revolucionario que aporta una perspectiva, que nos obliga a hacernos conscientes y responsabilizarnos mucho más, a hacernos cargo de las influencias que emitimos y que emiten hacia nosotros. Estamos unidos por una profunda interconexión en un nivel básico y prerreflexivo, sobre todo si entendemos que las neuronas espejo funcionan de manera automática e inconsciente.

 

(Xus). En un primer momento, la comunidad científica no mostró gran interés en este asunto. A de día de hoy tampoco se habla demasiado del tema. ¿Por qué?

 

(Ana). Ésta es una pregunta muy importante; más que nada porque la respuesta nos lleva a algo que creo debe darnos que pensar. En palabras de Marco Iacoboni, miembro del equipo descubridor, hay muchos factores, muchas perspectivas, y es complejo de explicar en una sola línea. Un descubrimiento como éste, enfocado al autorreconocimiento y autocalibración de la raza humana —e incluso más allá de ella—, nos podría encaminar a una revolución brutal en la manera en que percibimos el mundo, en la importancia que tenemos en él y en lo difícil que sería que nos influyeran, tanto conscientemente, como con la neuropolítica o el neuromarketing, que mueven tantas opiniones y «moneditas», y que se sustentan directamente en este tipo de neuronas. No es un medicamento tampoco. Y no vivimos en una sociedad que ensalce el bienestar a nivel global, aspecto que, con el uso consciente de las neuronas espejo, mejoraría espectacularmente. Conocer el tema nos liberaría irremediablemente de muchos yugos, y eso no interesa demasiado.

Personalmente he observado cómo se ningunean, cómo se guardan en el cajón de lo obvio; como tantos otros temas, como el efecto placebo, por ejemplo. Pero si estos temas los miras con lupa, si les prestas la debida atención, respetuosa, de mente abierta, del aprendiz-investigador ávido de conocer más allá, te das cuenta de que encierran cuestiones muy muy importantes; cuestiones que revolucionarían muchísimos paradigmas y, en definitiva, la visión que tenemos del mundo y de su funcionamiento.

 

(Xus). La psicología, y no sólo ella, lleva mucho tiempo analizando el «Yo»; ahora, en «Neuronas espejo», Ana Rodríguez afirma que no existe el «Yo» sin el «Nosotros»…

 

(Ana). Desde que nacemos, como animales altriciales que somos —dependemos de nuestros mayores para desarrollarnos—, ya se evidencia que esa afirmación es rotundamente cierta. Más allá incluso, el propio aprendizaje se sustenta básicamente en el ejemplo de los demás, aunque en principio se crea que este hecho es un proceso que se hace linealmente, con un método. Realmente, lo que nos conforma como personas es la relación que tenemos con los demás. En los experimentos de Andrew Meltzoff, podemos ver claramente como, a pesar de estar limpio y alimentado, un bebé que no recibe miradas ni contacto físico muere. Más claro que eso...

 

(Xus). ¿Qué papel juega la imitación para el ser humano?

 

(Ana). Principalmente en el aprendizaje. A cualquier edad. Imitar nos hace aprender. Como ya hemos visto, las neuronas espejo reflejan automática e inconscientemente las acciones de los demás. Esto repercute en generar circuitos de funcionamiento en las redes neuronales. Arma de doble filo total; porque hay aprendizajes beneficiosos, y otros... no tanto. La violencia, por ejemplo; el adoctrinamiento; las influencias negativas... La imitación nos forma alimentada por aquello que nos rodea.

 

(Xus). ¿Cuál es la mayor sorpresa que te ha deparado el estudio de las neuronas espejo?

 

(Ana). Hay muchas. La primera fue observar el increíble funcionamiento de la caja-espejo de Ramachandran. Él, como neurólogo, llegó a las neuronas espejo trabajando con el tema del dolor fantasma de los miembros amputados —el dolor que siguen sintiendo, a pesar de no tener la pierna o el brazo, a causa de seguir teniendo la representación neural del miembro en el cerebro—. Su caja-espejo ya existía antes de descubrirlas, pero éstas le dieron la base a un fenómeno increíble: si a una persona que le falta, por ejemplo, una pierna, le colocamos un espejo delante de la que sí tiene, creando la ilusión de que sigue teniendo las dos, moviendo la que tiene puede percibir que se mueve la que no, liberándolo de dolores de contracción constante o de los picores característicos de esta situación. Otra sorpresa, y sin soltar la mano de Ramachandran, es la de que las vincula en hipótesis a los visitantes de dormitorio y a una hiperactivación del sistema de neuronas espejo. O una posible explicación —creo que más que evidente— en el tema del autismo, de la psicopatía o incluso de la esquizofrenia.

Luego ya, a nivel de experiencia personal —como ya he dicho las aplico en mi vida diaria y en mi vida profesional—, es ver claramente cómo puedo cambiar el estado emocional de las personas que me rodean modificando ciertos patrones de la mía; también esquivar los constantes «ataques psíquicos» que nos vienen de los medios de comunicación, e incluso del propio entorno, que ya ha caído en esas redes. O aprovechar para recibir un masaje virtual viendo vídeos en Youtube de cómo se lo dan a otros (ríe). El mundo de las neuronas espejo es increíble.

 

(Xus). ¿Qué debería cambiar en nuestro sistema educativo, y en la educación en general, partiendo del modo en que se comportan las neuronas espejo?

 

(Ana). Este tema es crucial. Lo principal es ser conscientes de que lo que realmente llega en el proceso enseñanza-aprendizaje es el ejemplo; la emoción, la pasión, el cariño que se les tenga a las materias. No puedes esperar que una persona aprenda con fluidez, con ansia y motivación, si tú, como profesor, estás totalmente quemado y harto de lo que haces. Esto para mí es un crimen. Y ahí estriba la diferencia entre un profesor que deja una huella positiva de por vida y otro que hace todo lo contrario. Por eso, en los profesores, es tan importante la autoobservación y la autoevaluación. Luego, evidentemente está la empatía que genera el hecho de observar también a tus alumnos. Es imperdonable que haya una desconexión emocional entre los sujetos del proceso. Eso es soltar la mano del alumno y dejarlo a su suerte parapetándonos en excusas de falta de motivación o de incapacidad. Los niños de hoy en día, por suerte o por desgracia —cada cual que llegue a su propia conclusión—, al estar rodeados de multitud de estímulos —sobre todo tecnológicos—, tienen infinidad de canales de aprendizaje, de circuitos activos. Hay que modernizar la educación partiendo de una base puramente biológica, como son las neuronas espejo, teniendo en cuenta, sobre todo, a quiénes van dirigidas las clases y no al revés. Es realmente injusto que el alumno deba ajustarse al sistema; debería ser una relación bidireccional en toda regla, sustentada en la empatía. Esto da para escribir todo un libro hablando de las aplicaciones de la neuroeducación.

 

(Xus). Gran parte de nuestra comunicación actual es virtual. ¿En qué medida puede afectar eso al comportamiento de las neuronas espejo?

 

(Ana). El mundo actual cercena ciertamente la esfera emocional, la conexión directa; lo humano de los silencios llenos de significado, por ejemplo. A nivel neuronas espejo, es evidente que siguen trabajando, pero de una manera paralela a ese enfriamiento en las relaciones. Dejando de lado los juicios, de si esto es bueno o malo, es evidente que nos lleva por caminos de evolución que aún están por ver.

 

(Xus). Hay un aspecto en cuya dirección apunta muchas veces la psicología, y leyendo «Neuronas espejo» uno tiene esa sensación con más intensidad si cabe: la de que somos esclavos de nuestra propia naturaleza, que nuestro espacio de maniobra es demasiado limitado, que vivimos abocados a ser tremendamente previsibles. ¿Hasta qué punto es así?

 

(Ana). Creo que más que esclavos de nuestra naturaleza, en realidad lo somos de la ignorancia de ésta. El problema es que no tenemos globalmente el conocimiento que realmente nos liberaría. Esto es precisamente a lo que me refería con mi respuesta a tu pregunta respecto a por qué no se habla más del funcionamiento del sistema de neuronas espejo. Hay un arma muy importante en nosotros, y es la consciencia de lo que podemos llegar a ser, del poder interno que tenemos y de la capacidad de cambio y avance. Somos más que lo que nos han hecho creer; mucho más. Espero que algún día todos seamos conscientes de ello.

 

(Xus). Leo los apartados que dedicas al «neuromarketing» o a la «neuropolítica» —que ya has mencionado antes— y se me ponen los pelos de punta. Una vez más, un avance científico puede ser utilizado en nuestra contra, en este caso para manipularnos, para esclavizarnos sin que seamos conscientes de ello. ¿Cómo podemos defendernos de esa amenaza?

 

(Ana). «Ellos nos conocen mejor que nosotros mismos»; esta frase encierra una verdad que es en sí la llave de la solución: conocerse. Y ahí empieza todo un camino en forma de escalera ascendente al que he estado dedicando toda mi vida profesional: las inteligencias emocional y social. La base de ambas es la autoestima, otro vocablo que se ha obviado, que se ha ninguneado y azucarado desde hace mucho tiempo. Autoestima no es cuestión de amarse a uno mismo —eso sería el resultado de ella—, sino de autocalibración, de automedirse, de autoconocerse. Qué me enfada, qué me entristece, qué me hace feliz, qué me toca la fibra... quién soy. Qué es mío en este mundo de pensamiento y qué me viene de fuera. Y para esto podemos usar multitud de métodos. En este sentido, yo misma he sido bastante exploradora, teniendo en cuenta la triangulación entre muchísimas disciplinas que, por lo general, pueden parecer incluso pseudocientíficas —como las técnicas psicológicas, la astrología o el diseño humano—, pero que, siendo pulcramente honesta conmigo misma, han arrojado luz a rincones de mí que no era capaz de ver. Y, sinceramente, me siento bastante vacunada y fuerte ante influencias externas. Hablar con uno mismo es primordial para trabajar esa autoestima; ser honestos con nosotros mismos. Sin ella es difícil llegar al siguiente escalón, y el más importante, para salvaguardarnos de los «ataques psíquicos» que nos vienen de fuera: el autocontrol; la capacidad de controlar nuestra conducta y decisiones, sabiendo quiénes somos y sin convertirnos en nuestro peor enemigo. Sin estas bases somos pasto de cualquier intervencionismo externo. Prueba de ello, por ejemplo y en el extremo, son los efectos de las sectas en personas sin autoestima y altamente influenciables por esta causa, sin ninguna capacidad de autocontrol debido a ello. Suena duro, pero los mecanismos de las sectas se aplican globalmente —y de una manera mucho más sibilina— en el funcionamiento de disciplinas como el neuromarketing o la neuropolítica, que, a su vez, gobiernan —en principio irremediablemente— sobre nuestras vidas. La llave para salir siempre ha estado y está en nuestro propio cerebro.

Es curioso, pero los siguientes dos niveles en esa escalera son la asertividad —respeto por uno mismo y por los demás, en ese orden— y la empatía. Esta última es el escalón final de la inteligencia emocional, la única que posee base física —las neuronas espejo—, y la que, como acabo de exponer, puede revolucionar el mundo o sumirnos irremediablemente en él si no dominamos los primeros escalones. Los siguientes niveles nos adentrarían en la inteligencia social, y ahí ya es imprescindible conocerse a fondo para no diluirse en la masa o caer en el contagio social. Y aquí empezaría otro libro.

 

(Xus). ¿A Ana Rodríguez, la existencia de las neuronas espejo y su estudio la acercan a la idea de un ser humano que forma parte de un plan o a un ser humano fruto del azar?

 

(Ana). Mi manera de verlo creo que se sale de esas dos opciones. Creo que tanto formar parte de un plan o ser fruto del azar implican, de una u otra manera, ser productos del paso del tiempo. Yo creo que, en realidad, somos instantes, todo el rato un «aquí y ahora», influenciable e influenciador. Así que, siendo conscientes de quiénes somos, de nuestro sagrado libre albedrío, en realidad formamos parte de todo un océano de seres en constante movimiento.

 

(Xus). Imagino que, en torno a las neuronas espejo, quedan muchas preguntas por responder. ¿Cuáles despiertan mayor interés en Ana Rodríguez?

 

(Ana). La verdad es que siento que mi curiosidad me lleva de liana en liana en forma de preguntas; y tengo muchísimas. ¿Qué haríamos sin las preguntas? Preguntas que me llevan al mundo de lo paranormal o la paraciencia, por ejemplo, otra de mis pasiones. La telepatía, la percepción extrasensorial, el entrelazamiento cuántico entre mentes, la mediumnidad, la clarividencia... Un claro ejemplo de ello es, para mí, conocer la teoría de la distorsión de José Antonio Caravaca. Creo que hay mucho que descubrir uniendo las piezas del puzle que tenemos sobre la mesa hoy en día. Él plantea una teoría que unifica de forma magistral y brillante la casuística de muchos fenómenos que en principio parecen no tener respuesta. Por ejemplo, los diferentes encuentros con humanoides y la gran cantidad de tipos que se recogen —tantos como testigos—. Teniendo en cuenta el funcionamiento de las neuronas espejo, que a fuerza de experimentar generan bases de datos —plantillas— y circuitos en nuestro cerebro, creo que tendrían mucho que ver con dicha teoría, puesto que es posible que el agente externo use el sistema de neuronas espejo existente en el cerebro del ser humano con el que se encuentra y, basándose en esos circuitos ya existentes y con la idiosincrasia de cada uno de los testigos, genere toda una parafernalia compartida y real. ¡Apasionante!

 

El descubrimiento de las neuronas espejo, desconocido para la inmensa mayoría, explica muchas situaciones que nos son cotidianas y que, en mayor o menor medida, afectan e inciden en aspectos muy importantes de nuestro día a día. Ana Rodríguez ha apostado por arrojar luz sobre esa parte de nosotros mismos que nos acerca a lo que somos; nos muestra las claves para conocer mejor a esas compañeras «invisibles» y, de ese modo, lograr un mayor equilibro que nos permita conducir mejor nuestra vida. No hablamos de cualquier cosa, ¿verdad?

 

- - - - -

 

Enlaces:

- Neuronas espejo: manual de navegación