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Jaén (España), principios del siglo XX

El campesino y el diablo

Pedro López/Xus JC (1) (07/04/2020)

Es una de tantas noches de verano, pero para el pequeño Pedro no es una noche más. Va a pasarla con sus primos y con su tío Blas en una pequeña tienda de campaña improvisada junto al lago, el lago de Anna (2). Son los años setenta del siglo pasado: nada de móviles, tabletas o cualquier otro rastro de tecnología; tan sólo la oscuridad de la noche, las estrellas, los sonidos de la naturaleza y, eso sí, una batalla sin tregua contra los mosquitos. Pero lo mejor de todo es que el tío Blas se dispone a contar una de sus historias. Con toda probabilidad, será un nuevo viaje en el tiempo y el espacio: un viaje a la España rural de principios de siglo, en concreto al pequeño pueblo de Jaén del que procede la familia. En aquellos tiempos, las historias de fantasmas, duendes o seres malignos acechando en la noche no se tomaban a broma; y ésta promete ser una de esas historias.

El campesino y el diablo

«Todavía hay luz, pero el sol, oculto tras las montañas, anuncia la llegada de la noche. A nuestro protagonista, uno de tantos campesinos de la zona, le queda un largo trayecto hasta llegar a casa. Ha sido un día de mucho trabajo y parece que ha apurado en exceso. Ha de recorrer a pie el camino de regreso; lo conoce palmo a palmo y no será un problema completarlo en la oscuridad. Pero le gustaría no tener que hacerlo.

»No es precisamente un niño. Es un hombre curtido al que no tendrían que impresionar ni inquietar los rumores que corren por el pueblo; son cuentos de viejas que van de boca en boca sin fundamento alguno. Desde que tiene uso de razón ha escuchado ese tipo de historias, pero no ha visto nunca nada parecido a un fantasma, un duende o, como van diciendo ahora, al mismísimo diablo. Es de los que piensan que, como decía el abuelo, a quien hay que temer es a los vivos. Pero la oscuridad y el desasosiego parecen ir hoy de la mano. Desearía estar ya en casa.

»Podrá completar parte del camino con todavía algo de luz. Mientras, intentará desviar su atención hacia otros pensamientos; sin duda es el mejor recurso para alejar sus temores. Logra hacerlo. Tiene mil cosas en qué pensar: la familia, el trabajo, las ya cercanas fiestas del pueblo... Así recorre una parte del trayecto.

»Queda apenas un hilo de luz cuando, a lo lejos, ve algo que vuelve a despertar su inquietud. Junto al viejo tejo que identifica el cruce de caminos, se divisa un objeto de considerable tamaño que parece moverse. A medida que se acerca, la silueta se va definiendo hasta convertirse en algo realmente desconcertante: un anciano delgado y de muy baja estatura sentado junto al árbol.

»El campesino, aunque sorprendido, se tranquiliza: es tan sólo un anciano. Éste, según le explica, tiene los pies llenos de llagas y, preso del dolor, no se atreve a proseguir su camino. Nuestro protagonista no duda un instante en ofrecerse como transporte hasta el pueblo; el hombrecillo debe pesar muy poco y llevarlo a cuestas no parece mayor problema. Pensado y hecho: carga al anciano y reanuda el camino. Se trata de un golpe de suerte. Es cierto que tendrá que soportar la carga de su acompañante, pero, ya en la oscuridad, compañía y conversación impedirán que vuelva a recaer en pensamientos oscuros e irracionales.

»El hombre no articula palabra. Es normal; con los pies destrozados y el cansancio acumulado, es lógico que no le queden muchas ganas de hablar. Como hombre práctico que es, el campesino asume que tendrá que llevar todo el peso de la conversación: que si esto, que si lo otro, que si dicen que... Y así pasa el tiempo.

»Ya no queda mucho para llegar al pueblo; pero la carga comienza a ser más incómoda de lo esperado. El anciano, cuyo transporte parecía cosa fácil, pesa cada vez más. Sucede siempre que cargas con un objeto aparentemente liviano durante un tiempo prolongado, pero, a pesar de ello, al campesino no le parece normal que llevar al anciano le esté suponiendo tanto esfuerzo.

»Y el silencio. Tampoco es normal que no haya dicho absolutamente nada en todo el trayecto. No parece que se haya dormido, pero no ha formulado ni un sólo comentario acerca de ninguno de los temas a los que nuestro protagonista ha ido recurriendo. Todo comienza a parecer demasiado extraño: un hombre de avanzada edad, de noche, demasiado lejos del pueblo; un hombre al que no recuerda haber visto nunca antes. Y ahora ese modo de comportarse tan poco corriente.

»No puede evitarlo; es más, en ese instante incluso le parece buena idea. "¿Ha oído lo que van diciendo, que el diablo se ha aparecido a algunas personas?". Mientras arriesga con la pregunta un escalofrío le recorre la espalda. Si ha pensado en algún momento que la cuestión iba a romper el silencio del anciano y, con ello, a disipar sus temores, estaba más que equivocado. Su acompañante no pronuncia palabra.

»Se divisa el pueblo a lo lejos. Pero no puede con el peso del anciano; ya no. Entonces, sin pensarlo más, hinca la rodilla para descargar al hombre, aunque sea un momento, y poder descansar. Es en ese instante cuando el terror se apodera de él. Los pies del anciano, antes llenos de llagas, ya no son pies. Abre y cierra los ojos rápida e instintivamente con el propósito de espantar sus temores. Lo que ha creído ver no puede ser cierto: una pata de cabra que desemboca en una horrible pezuña. Pero el miedo no puede marcharse; porque sus ojos no mienten.

»Logra reunir el valor necesario para girar la cabeza y completar la pesadilla. Antes de sumirse en la oscuridad, puede observar dos llamas rojas donde antes había ojos y unos colmillos afilados que asoman bajo una sonrisa malévola. Una estridente carcajada siniestramente burlona se va desvaneciendo en su mente hasta que, finalmente, pierde el conocimiento.

»Al día siguiente, alertados por el hecho de que no haya regresado a casa, familiares y conocidos van en su búsqueda. Con la ayuda de las primeras luces del amanecer, pronto encuentran al campesino. Acurrucado en el suelo, musita palabras ininteligibles mientras abraza con fuerza la cruz que cuelga de su pecho. Ha enloquecido; pero logra recuperar la cordura una última vez para, antes de morir, relatar lo sucedido. No padecía ninguna enfermedad ni presenta golpes o rasguños. Su rostro desencajado no deja lugar a la duda: la causa de su muerte ha sido... el miedo».

¿Una historia real?

Han pasado muchos años desde que Pedro escuchó esta historia de labios de su tío Blas. Ahora es él quien cuenta esta oscura leyenda y por eso siente el impulso de intentar averiguar si hay algo de cierto en ella. Cuando interroga a su madre al respecto, ésta no duda con su respuesta: «Hijo mío, en el pueblo afirmaban que había sucedido de verdad; incluso se decía cuál era la familia del campesino».

Reflexión final

La interpretación de una leyenda es siempre propiedad de aquél que la lee o la escucha. Indudablemente, puede ser catalogada como «un cuento más»; pero, si uno pretende ir más allá y profundizar en su esencia, encontrará claves sorprendentes y reveladoras. En todos los lugares y épocas se habla de seres híbridos entre humano y animal —siempre presentes en todas las mitologías— o de esos personajes malignos y amenazadores que se camuflan bajo un aspecto humano para, finalmente, revelar su verdadera identidad. Es evidente que no se trata de una casualidad, sino de un arquetipo de naturaleza desconocida —al menos gran parte— que encubre una realidad inquietante.

Nuestro protagonista murió de miedo; así lo afirma el relato. Y es que, en efecto, por extraño y desconcertante que pueda parecer, se puede morir de miedo. Tal vez es ahí donde reside una de las claves de ésta y otras leyendas. Como en It, la famosa novela de Stephen King, estos seres parecen alimentarse y vivir de nuestros miedos más profundos y ancestrales. Lo que sí podemos afirmar, por muy turbador y molesto que resulte, es que estas viejas historias, en realidad... no son tan viejas.

 

(1) Reconstrucción realizada por Xus JC a partir del relato descrito por Pedro López en «Noche de leyendas, misterio y terror», el programa especial de Onda Vestigium para la noche de Halloween de 2019.

(2) Lago de origen natural situado en el término del municipio de Anna (Valencia, España).

(3) Pedro López es integrante del Grupo de Investigación Paranormal «Hela» y miembro de la Asociación Valenciana de Ciencia y Misterio.