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El castillo Connor, una historia irlandesa

El cuento maldito de Clara Reeve

Xus JC (10/05/2018)

¿Hay visiones que el ser humano no puede soportar? ¿Hay un límite para aquello que la mente es capaz de asimilar? ¿Y si la locura fuese tan sólo una huida desesperada? ¿Qué hay más allá del miedo? Me asaltan estas preguntas al recordar una vieja historia envuelta en leyenda; la de un relato de terror que, al parecer, cruzó ese umbral.

Es prácticamente imposible discernir cuánto hay de leyenda y cuánto de realidad en la pequeña pero intensa e inquietante historia que me dispongo a relatar. Pertenece a uno de esos enigmas del pasado que, transcurrido el tiempo y bajo la sombra de un silencio rayano al olvido, conserva a duras penas unas pocas preguntas para las que jamás obtendremos respuesta.

Tenemos que viajar hasta la Inglaterra de 1779. Allí encontraremos a Clara Reeve (Ipswich, 1729-1807), la novelista inglesa que un año antes había publicado El viejo barón inglés (o El campeón de la virtud), la obra que la perpetuaría como un referente de la novela gótica. La propia Clara había reconocido haber escrito esta historia para rivalizar con El castillo de Otranto de Horace Walpole; pero su deseo de romper los límites e ir más allá hasta conseguir el relato de terror perfecto no había quedado saciado.

Prisionera de la obstinación y con la firme determinación de lograr su objetivo, decidió aislarse en su casa de campo. Allí, bajo los efectos de la soledad, entre estancias y pasillos envueltos en sombras, condujo a su mente y a su imaginación hasta el límite; sólo así podía crear una historia de fantasmas como jamás se había escrito. Unos días después, con los nervios destrozados, Clara concluía su relato: El castillo Connor, una historia irlandesa.

¿Había completado realmente su propósito? ¿Era la mejor y más aterradora historia de fantasmas? Para resolver sus dudas pidió a tres amigos que leyeran el relato. Sin saberlo ni pretenderlo, Clara los estaba condenando. Uno de ellos, finalizada la lectura y tras haber sufrido terribles alucinaciones, se suicidó. Otro, atormentado por oscuros pensamientos, partió hacia Londres en mitad de la noche. Anne, la otra persona que pudo leer el relato, vivió el resto de su vida con la necesidad de masticar sus propias extremidades.

Concluido el trabajo de corrección, Clara se dispuso a trasladarse hasta la ciudad con su manuscrito. Ya subida en la carreta, su acompañante, el administrador de los campos, le preguntó acerca de la naturaleza de su nuevo relato. Reeve confesó que no lo había leído de principio a fin, aunque, obviamente, conocía cada uno de sus fragmentos. Decidió entonces ponerse en la piel del lector y empleó el viaje en releer su propia obra. Tiempo después, con la misma determinación que la había conducido hasta el viejo caserón, destruyó el manuscrito.

Interrogada por quienes conocían el propósito de su viaje, Clara afirmó que el borrador se había extraviado durante el trayecto. Sin embargo, el administrador, su acompañante, expuso otra versión en la que incluso describía a la escritora masticando el manuscrito.

Es muy probable que algunos detalles de esta increíble historia fueran exagerados en su momento. Aun así, a grandes rasgos no hay motivos para dudar de su autenticidad. Clara Reeve reconoció la existencia de El castillo Connor, mientras su versión del extravío accidental chirría. Es muy probable que, en efecto, por razones que jamás confesó, decidiera no publicar su relato y tomar las medidas necesarias para que jamás viera la luz.

La pregunta es inevitable: ¿por qué? ¿Tan aterradores eran los sucesos que describía? ¿Lo eran hasta el punto de poder quebrar la razón? Muchos no dudaríamos un instante en leer El castillo Connor, si tal cosa fuera posible, pero Clara Reeve nos arrebató la oportunidad. Tal vez, tras aquella puerta que se había empeñado en abrir, la que separa al miedo de la locura, descubrió horrores inesperados que prefirió dejar a buen recaudo.

 

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