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Relato

Diana

Xus JC (24/12/2014)

-¡Déjeme en paz! -gritó Diego al tiempo que se levantaba de la silla-. Es mi vida, ¿se entera? ¡Mi absurda y asquerosa vida!

-¿Tu vida? -respondió su padre-. Sigues creyendo que todo cuanto haces te afecta sólo a ti, pero no es así. Y además, aunque así fuera, es muy poco el respeto que muestras por ti mismo.

Aquella no era la primera discusión entre padre e hijo. Hacía ya mucho tiempo que el joven Diego se había convertido en la vergüenza de toda la familia y en la peor de las pesadillas para su padre. El viejo Tristán, oidor en la ciudad de Cuenca desde hacía muchos años, era paradigma de la prudencia, la sensatez y el sentido común. Muchas personas acudían a él cuando tenían algún problema o, simplemente, para pedirle consejo. Se había ganado a pulso el respeto de toda la ciudad. Aún en el momento en que transcurre esta historia, considerablemente debilitado por el paso de los años, su ya tenue voz provocaba el silencio y la atención de todos aquellos que lo rodeaban, deseosos de contagiarse, aunque fuera un poco, de la enorme sabiduría que desprendía aquel anciano.

-Hijo, siéntate y quédate con nosotros. Hace malo -dijo su madre.

La vida de Lucía se había convertido en un infierno. Diego, que había representado desde el día de su nacimiento la ilusión y la esperanza, era ahora causa continua de tristeza y desesperación. Únicamente disfrutaba emborrachándose y metiéndose en todo tipo de trifulcas. Casi siempre llegaba a casa con notables síntomas de embriaguez, cuando no con la ceja partida por alguna pelea. O sobre los hombros de algún amigo que, viéndolo tirado en el suelo, había cargado con él para llevarlo a casa. En otras ocasiones ese amigo venía solo, con la misión de avisar a su padre de que Diego estaba detenido.

Lucía sabía que su marido la consideraba culpable de aquella situación. Cierto es que Tristán no había pronunciado jamás una sola palabra de reproche. La consideraba culpable, sí, de haber sido demasiado condescendiente con Diego desde pequeño; pero también sabía que la intención de Lucía siempre había sido la mejor. Y además, la otra parte de culpa le correspondía a él, que había dedicado casi todo su tiempo a su profesión y a ayudar a los demás, descuidando en exceso a su familia. Lucía se lo había perdonado a diario. Diego no se lo perdonó nunca.

-Te obstinas en perderte. No vayas tras esa mujer. Mira cómo has pasado estos dos meses... -prosiguió Tristán.

-¡Basta ya! -interrumpió violentamente Diego -. Usted ya vivió su vida. Déjeme a mí ahora vivir la mía.

Concluyó esta última frase alejándose hacia la puerta de salida. Ya había cerrado ésta tras de sí cuando su padre añadió con una voz apagada y casi imperceptible, sabiendo que Diego ya no podía oír:

-No es tu vida lo que buscas, sino tu destrucción y tu muerte.

Para su propia desgracia, a Diego se le habían concedido los dones de la hermosura y la grandilocuencia; en detrimento de la prudencia y el sentido común. Con apenas veinte años había alcanzado una notable popularidad entre los hombres y las mujeres de la ciudad. Sobre todo entre estas últimas, que revoloteaban a su alrededor día y noche. Esto no hacía sino aumentar la soberbia y la insensatez del joven, que no encontraba razón alguna para dejar de comportarse como un energúmeno. Cierto es que había perdido buenos amigos, hartos de su comportamiento; pero poco le importaba mientras siguiera sabiéndose el centro de atención.

Eran las cinco de la tarde del uno de noviembre de mil setecientos cuarenta y dos. Pronto comenzaría a desvanecerse la luz del día. Había llegado a oídos de Diego que Diana había sido vista por la ciudad. Tenía que encontrarla. Necesitaba saber por qué había desaparecido de aquel modo. Pero sobre todo necesitaba estrecharla entre sus brazos y besarla.

Diana. Hacía ya tres meses que toda la ciudad hablaba de aquella hermosa y extraña mujer. Su presencia había provocado una pequeña revolución en la capital castellana. Todo indicaba que había llegado completamente sola a la ciudad, aunque nadie parecía haber presenciado ese momento. Tampoco nadie sabía en qué lugar residía, ni de dónde era.

Diana era, por encima de todo, bella; sumamente bella. Era alta, delgada y con el pelo negro y ligeramente rizado. Vestía siempre de negro. Casi siempre se la veía sentada en algún banco, una mano sobre otra y, ésta, sobre sus rodillas. Cuando caminaba lo hacía con enorme sutilidad; sus pasos eran casi imperceptibles. Pero lo que más sorprendía a todos era su mirada. A juego con sus ropas y su pelo, aquellos ojos eran profundamente negros. Nunca miraba a nadie. Nunca mirada a nada. Aquella hermosa mirada parecía mirar siempre a los lejos; como si el lugar que pretendía observar se encontrara en algún lugar remoto e inalcanzable.

Jamás se la veía entrar en ningún sitio ni entablar conversación con nadie. Y eso a pesar de que los mozos no dudaban en aproximarse a ella. Su belleza y su enigmático comportamiento despertaban la curiosidad y el deseo de los hombres jóvenes; y de los no tan jóvenes. Pero Diana encontraba siempre, y con admirable destreza, el modo de escabullirse. A menudo mostraba una sutil sonrisa socarrona y desenfadada ante los piropos que no pocos mozos se atrevían a lanzarle.

Eso fue al principio. Poco a poco la curiosidad fue tornándose en inquietud. El extraño modo de actuar de la joven forastera puso en alerta a toda la ciudad, incluso a las autoridades, que decidieron detenerla e interrogarla. No fue posible. Diana nunca estaba donde esperaban localizarla. Nadie sabía cómo, tenía la habilidad de no aparecer allá donde pudieran esperarla.

Ese decreciente interés afectó a toda la ciudad salvo a un hombre: Diego. Al contrario del resto, al principio no había mostrado demasiado interés por la forastera. Acostumbrado a estar rodeado de mujeres, aquella no parecía despertar en él especial interés. Sin embargo, a medida que escuchaba comentarios e historias de todo tipo, ese interés iba en aumento. Finalmente, y prisionero de una de sus habituales apuestas, tuvo que dirigirse a la mujer. Ésta, para sorpresa de todos, incluido Diego, no mostró reparo alguno en hablar con él.

A partir de aquel momento se estableció entre ambos una relación tan extraña como la propia mujer. Diego desapareció de inmediato de todos aquellos lugares que solía frecuentar. No hablaba con nadie, salvo con Diana. No paseaba con nadie, salvo con Diana. Se los veía juntos a todas horas, día y noche. Apenas aparecía por casa y, cuando lo hacía, no pronunciaba palabra. Su ya maltrecha reputación quedó herida de muerte en cuanto unió sus días a los de aquella extraña visitante. Sus padres, antes preocupados por sus juergas nocturnas, veían ahora como su hijo se consumía con la compañía de Diana.

Llegó septiembre y Diana desapareció sin dejar rastro. Diego la buscó, esperó y desesperó. Se había esfumado sin más. Sin despedidas, sin explicaciones. Diego intentó en vano contar con la ayuda de sus padres, de sus amigos... Todos le dieron la espalda. La desaparición de su peculiar amiga había devuelto la normalidad a la ciudad y no tenían intención alguna de provocar su regreso. Entonces Diego se encerró en casa. Nadie, excepto sus padres, volvió a verlo. No hasta el uno de noviembre.

Apenas quedaba luz cuando Diego se apoyó, exhausto, sobre la barandilla de madera de aquel viejo puente. Allí habían hablado por primera vez. "La gente dice que es usted bruja", se atrevió a decir. "Nunca te ha importado lo que la gente dice", contestó ella. Habían pasado casi tres meses desde aquel día. Dos desde que ella había desaparecido. Llevaba una hora buscándola. Comenzaba a lloviznar mientras se acercaba la tormenta. Se habrían equivocado. Habían creído verla, pero en realidad no había regresado. ¿Por qué iba a hacerlo?

-Hola, Diego.

Se volvió bruscamente al escuchar su voz. No podía creerlo. Ella estaba allí, frente a él, con aquella sonrisa que había anulado por completo su voluntad. Con esa mirada infinita con la que tanto había soñado. Se quedó inmóvil. Quería reprocharle su marcha. Quería pedirle explicaciones de por qué había desaparecido de ese modo. Pero sólo pudo abalanzarse sobre ella, abrazarla y besarla.

-Amor mío -repetía Diego una y otra vez.

Ella lo agarraba con aquella firmeza que tanto había añorado. Ese aroma embrujador que no había podido olvidar comenzaba a invadirlo todo. Era verdad: ella había regresado. Había regresado a por él. Ahora el destino los uniría para siempre. No pensaba formular reproche alguno. No importaba. Ahora nada los separaría.

Pero mientras Diego se embriagaba con sus propios pensamientos, el dulce aroma comenzó a tranformarse en un profundo olor a putrefacción. La llovizna dejó paso a una incómoda ventisca. La tormenta se desató. Diego estaba aturdido, molesto, contrariado. Aquél, que iba a ser un momento de felicidad, se estaba transformado en inquietud y angustia. ¿Qué estaba sucediendo?

Entonces la ciudad entera se iluminó mientras un enorme estruendo lo invadía todo. Había caído un rayo muy cerca de aquel viejo puente. El corazón de Diego se congeló. El horror paralizó su cuerpo y su razón. Toda la ciudad había podido escuchar el trueno. Toda la ciudad menos él. Mientras se encontraba abrazado a Diana, mirando hacia el suelo, la luz del relámpago le había mostrado las puertas del infierno. Pudo ver como por debajo de la falda de su acompañante sobresalía lo que tendría que haber sido un pie. No era un pie. Era una pata de cabra peluda que terminaba en una horrible pezuña.

Tan pronto como encontró fuerzas se apartó bruscamente. Aquel ser continuaba teniendo la cara de Diana, pero reía a carcajadas con una terrible expresión de maldad. Su voz, ahora masculina, era gruesa y desagradable. Diego pudo comprender entonces. ¡Era la noche de ánimas! Sí, Diana había vuelto a por él; ¡y lo había hecho para llevárselo al infierno!

Recordó que a poca distancia se encontraba el convento de los Descalzos. Si había una sola oportunidad de librarse del fatal destino que le esperaba, pasaba por encomendarse a Dios. Se disponía a correr cuando las risas de aquel diablo se detuvieron para decir con voz potente:

-¡Lo has sabido desde el principio! ¡Lo has sabido desde el principio!

Diego comenzó a correr tanto como pudo. Las calles estaban mojadas por la lluvia y un solo mal paso podía dar al traste con sus intenciones. Los relámpagos le permitían, de vez en cuando, ver por dónde pisaba. Tenía la sensación de ser perseguido, aunque no se atrevía a mirar. Finalmente logró introducirse en el atrio del convento. Pero al volverse para comprobar si Diana lo había seguido, tropezó y cayó al suelo. Allí estaba ella, junto a él, sonriendo e indicándole con la mano que se acercara. Diego pensó que todo estaba perdido, pero un nuevo relámpago le mostró la salvación. ¡La cruz! Las escasas fuerzas que todavía le quedaban fueron suficientes para lograr abrazarse a ella.

Aquel ser, desposeído ya por completo de cualquier rastro de belleza, profirió un enorme alarido que duró varios segundos. Durante todo ese tiempo Diego mantuvo los ojos cerrados. Se abrazaba a la cruz cada vez con más fuerza mientras por su mente pasaban todas y cada uno de los dislates que había cometido los últimos meses. Pero sobre todo veía a su padre.

Todo quedó en silencio. La lluvia y la tormenta habían cesado. Diego abrió los ojos sin atreverse a abandonar la cruz. A lo lejos se escuchaban voces. Entonces reunió valor para volverse y mirar. No estaba. Las voces se acercaban más y más. Aquella pesadilla había terminado. No sabía por qué, pero en su corazón habitaba, por primera vez en mucho tiempo, una sensación de paz y serenidad.

Llegaron varios hombres y, entre ellos, su padre. Habían emprendido su búsqueda al iniciarse la tormenta. Su padre se le acercó y le cogío las manos. Diego, entre sollozos, acertó a decir:

-Lo siento, padre; lo siento.

-Vamos a casa, Diego -contestó con ternura.

Tristán hizo ademán de ayudar a Diego a levantarse, pero éste lo retuvo apretando sus manos con fuerza y mirándolo fijamente exclamó:

-Lo he visto, padre. He visto al diablo. Ella era el diablo.

 

Este relato está inspirado en una leyenda conocida como La cruz del diablo (no confundir con la obra de Gustavo Adolfo Bécquer). El relato no es fiel a lo narrado por la tradición, aunque sí incorpora nombres, lugares y hechos detallados en la leyenda. Así mismo, el autor ha pretendido reflejar el espíritu y el mensaje de la narración que ha llegado hasta nuestros días.

 

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