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Relato

Catalepsia

A.D. (1988) (26/02/2015)

Las mujeres rezaban el rosario a una media voz quejumbrosa. Ernest de Valois las oía, y también el rítmico roce de las cuentas que iban desgranando. A lo lejos, también percibía el rumor de voces masculinas. Estaban en la salita, seguramente fumando y comentando lo corta que resulta la vida y lo poco que somos. Distinguía las voces de los parientes lejanos que solo se reúnen en los acontecimientos como bodas y entierros. Los rostros reflejaban la gravedad del momento. La habitación tenía las ventanas cerradas pese al calor estival, y los asistentes usaban alternativamente el pañuelo para secarse las lágrimas o el sudor. Colocado dentro del ataúd flanqueado por cuatro grandes cirios, se hallaba bajo el enorme crucifijo que los de la funeraria instalaran horas antes. Porque Ernest de Valois era el muerto.

Una gota de sudor...

Solo que no estaba muerto. No lo estaba. Ni siquiera sabía que fuera cataléptico. Había oído hablar de la catalepsia, naturalmente, pero siempre pensó que era una enfermedad extraña, ajena a lo natural. Las historias de los enterrados en vida siempre le habían parecido terroríficas, pero jamás tanto como ahora, cuando él se veía en el mismo trance. Había «despertado» mentalmente unas horas antes y tardó bastante en comprender la situación. Los comentarios le habían ayudado a ello. Ahora sabía lo que le pasaba, pero no podía hacer nada por evitarlo. Su cerebro funcionaba, pero... sus músculos, no. Podía pensar y razonar, pero no actuar. Y era imperioso que lo hiciera, porque de lo contrario... Trató de concentrarse lo suficiente para ser capaz de abrir un ojo, o de mover un dedo; eso bastaría para dar la señal de alarma. Pero el tiempo apremiaba: si llegaban a cerrar el ataúd estaría condenado.

Alguien abrió la ventana y el aire viciado de la habitación se regeneró lentamente. Una claridad difusa inundó el mundo en sombras de Ernest de Valois, y eso para él fue un alivio, aun dentro de su oscuridad. Tenía calor. Incluso notaba que una gota de sudor le caía por la mejilla, atormentándole con su lento cosquilleo. Las mujeres que le velaban se percataron de ello y se apresuraron a enjugársela con un pañuelo. Comentaron la curiosa reacción del cadáver, comparándola con el hecho de que las uñas y el cabello sigan creciendo después de morir. ¡Estúpidas! ¿No comprendían que solo podría sudar si estuviera vivo? ¡Por Dios! Si estuviera Susana, probablemente lo notaría. Susana... ¿Habrían localizado ya a su única hija? ¿Llegaría a tiempo antes del entierro? No debía confiar demasiado en ello. La salvación dependía, única y exclusivamente, de él y de que reaccionara a tiempo. Él, Ernest de Valois, abogado ilustre, hombre docto, estaba siendo derrotado a sus cincuenta y dos años por una situación ambigua que nunca le preocupó demasiado.

Un golpe de catalepsia

Tenía que denunciar a Gustav. Tenía que verle pudrirse en la cárcel. Tenía que hundirle, que desprestigiarle... Todo sucedió a última hora de la tarde. Estaba solo en casa, repasando unos documentos, y fue él mismo el que abrió la puerta, rezongando contra la inoportuna visita. Ni siquiera miró por la mirilla; de haberlo hecho, no habría abierto, porque la imagen de Gustav le repugnaba. Pero Susana, su hija, había perdido la cabeza por él. Por ello, Ernest decidió mandarla a realizar un largo viaje por Europa, para intentar que la distancia le hiciera cambiar de idea. En caso contrario, la desheredaría. Aún no había vuelto cuando, aquel atardecer, Gustav se presentó en su casa y tuvo la desfachatez de decirle que él no podría hacer nada para impedir que Susana y él se casasen. Ciego de furor, Ernest aseguró que antes le mataría. Y entonces, con una sonrisa cínica, Gustav sacó la pistola. Sería él quien le matara. Ernest de Valois leyó en los ojos de Gustav que no se trataba de ninguna bravata, ni mucho menos de una broma. La pistola le apuntaba directamente a la cabeza. De pronto se quedó sin aliento y un velo incoloro nubló sus ojos. Lo último que vio fue la imagen de Gustav, apuntándole...

Debió haber sufrido un infarto o algo parecido. Su maldito asesino ni siquiera tuvo que apretar el gatillo y nadie podría acusarle de nada..., a menos que él despertara cuanto antes y le acusara.

¡Por Dios, Susana, estoy vivo!

El movimiento en su derredor era ahora perceptible. Se ultimaban los preparativos del entierro, sin duda. ¡Susana! ¿Dónde estaba? La desesperación le desbordaba. Quería vivir, y quería ver a Gustav en la cárcel. ¡Tenía que hacer algún movimiento! El desfile a su alrededor ya era constante. Unas voces se confundían con otras; los lamentos por su repentina muerte se solapaban con la enumeración de sus virtudes, pero nadie se daba cuenta de que él les estaba oyendo. Como oyó, horrorizado, la voz de Gustav. Creyó no poder soportarlo. Gustav, en su entierro, compadeciéndose de él, comentando lo feliz que habría sido al ver a Susana casada y feliz junto a él... ¡Qué cinismo, qué osadía! Se enteró de la llegada de su hija enseguida, a través del rumor de todos los presentes. ¡Ahora! ¡Tenía que ser ahora! ¡Su hija le salvaría! Las parientes que le velaban devotamente tuvieron la delicadeza de alejarse para dejar que Susana diera el último adiós a su padre. «¡Por Dios, Susana, estoy vivo...!»

Susana se acercó y le dio un beso en la helada frente. Y le habló. Al principio le costó creer lo que estaba oyendo; Susana, con voz muy tenue y rostro compungido, le agradecía que se hubiera muerto..., porque así se arreglaba todo. ¿Le diría las mismas cosas Susana si supiera lo que Gustav había hecho con él? Seguramente, no. Entonces le caería la venda de los ojos.

Una ligera corriente de aire le llevó el perfume de Susana, el fresco olor a jazmín. El no respiraba y, sin embargo, percibía los olores. ¿Sería que sus sentidos empezaban a recuperarse? La puerta de la habitación se abrió de nuevo: tenían que tapar el ataúd. Se hizo un silencio verdaderamente sepulcral, incluso dejó de oír al odioso Gustav, que poco antes musitaba palabras de consuelo a Susana. Un ruido de madera, un golpe y una oscuridad densa e impenetrable. Comprendió que ya se había cerrado el ataúd. Su cerebro apenas razonaba ni coordinaba. Se esforzó en recobrar la calma. Quizá, como ocurría en otras ocasiones, abrieran el ataúd antes de darle sepultura... ¡Tenía que moverse! ¡Tenía que gritar!

Hacia la sepultura

Y el cementerio... Movió una mano. Un poco, sin fuerza, pero sin duda la había movido. La agitación le invadió: luchaba por su vida. En el cementerio oyó cómo preguntaban a su hija si quería verle por última vez antes de darle tierra. ¡Sí!, gritó él, inútilmente, desde el fondo de su corazón. Pero Gustav, ¡Gustav! dijo que sería mejor para Susana recordarle vivo y lleno de salud. Descendieron el ataúd a la tumba recién abierta. Una paletada... Otra... Antes de que la tierra le hubiera cubierto por completo, Ernest de Valois se había vuelto loco.

Dos días antes de la boda entre Susana y Gustav, y en presencia de la policía, se procedió a la exhumación de Ernest de Valois. Había aparecido un testigo que acusaba directamente a Gustav, diciendo que le vio entrar en casa del difunto, furtivamente, la misma tarde de su muerte. Gustav reconoció la visita, aunque, afirmó, había dejado en perfecto estado al padre de su novia. Sin embargo, fue él mismo quien insistió en la exhumación para proceder a la autopsia que en su día no se hizo, lo que, si fuera posible, seguramente no habría ni insinuado. El momento había llegado. El ataúd ya había sido subido a la superficie del camposanto. Levantaron la tapa y ninguno de los presentes pudo evitar un grito de terror.

Gustav asesino

Ernest de Valois tenía el cabello completamente blanco, cuando siempre lo había tenido negro, y algunos mechones aún tenían cuero cabelludo con restos de sangre seca después de que él se los hubiera arrancado en el paroxismo de su locura. La cara era una máscara desencajada en la que los ojos parecían salir de los cuévanos. Las mejillas estaban surcadas de mil cicatrices, producto de los arañazos, y la boca, hinchada, estaba llena del acolchado que en otro tiempo cubrió el interior del ataúd, como si el cadáver hubiera intentado alimentarse con él. Una de las manos se hallaba rodeando el cuello, en señal de inútil tentativa de suicidio, mientras la otra mostraba los dedos destrozados por la lucha del hombre contra su encierro. Ya no tenía uñas, y algunas astillas se hundían extrañamente en las yemas. El cuerpo entero era el de un monigote deshilachado, cubierto de manchas que mostraban signos inequívocos de sufrimiento y locura.

El grito de Susana fue desgarrador. Gustav la rodeó con sus brazos y procuró que no se le notase la satisfacción que sentía. Estaba claro que el maldito abogado había sido enterrado vivo y eso demostraba, con claridad meridiana, que él no había podido matarle... Entonces se fijó en las miradas del inspector y sus ayudantes, fijas en la cubierta interior del ataúd. Él, al principio, no vio nada en particular, porque el satén y el relleno aún se arremolinaban en algunas zonas, pero finalmente comprobó que había unos signos toscos, manchados de sangre. Letras... Letras hechas por una fuerza demoniaca, con las manos, con los dedos convertidos en pulpa... Se acercó más y supo que Ernest de Valois había terminado venciéndole. El último mensaje del cadáver, trazado en la oscuridad del miedo y la locura, decía con absoluta precisión: «Gustav asesino».

 

(Relato extraído de un coleccionable llamado «Misterio» -año 1988- de la ya desaparecida revista «Tele-Indiscreta»)

 

Ilustración (imagen 1): Angélica López-Serrano Tezanos.

 

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