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Relato

El anciano

J.J.T.M. (1988) (14/06/2015)

Domingo día 21 de junio de 1981. Después de aquella frugal cena, exenta de bebidas alcohólicas, charlamos, mientras degustábamos un delicioso café, de los acontecimientos que estábamos viviendo en nuestro país, del desconcierto, de la incipiente democracia que por aquel entonces empezaba a desarrollarse en el vientre de una nueva España. Las opiniones, las ideas, las argumentaciones y los modos de arreglar las cosas eran rápidos y contundentes. Todas las soluciones estaban en ese momento en nuestras manos. Y hablando de esto y de lo otro, mezclando temas, entraron poco a poco los chistes, las anécdotas y también los hechos inexplicables, lo misterioso, lo oculto...

Limpiamos la mesa, vaciamos el cenicero y retiramos las tazas de café. En mi boca, un cigarrillo, y en mis manos, un vaso y un tablero ouija que dormía en el olvido en un estante de la librería, junto al viejo libro de Aritmética Razonada, de Dalmau Caries, que mi padre recogió de una librería en ruinas después de los bombardeos de Madrid durante la Guerra Civil.

Uno de mis cuñados me comentó:

—Oye, en eso yo no creo; pero me da miedo. Podríamos jugar al Monopoly.

—Calla, hombre, no seas carrozón —le increpé—. Si te parece, jugamos a las tabas.

Yo era el mayor del grupo y no tuve que hacer ningún esfuerzo para convencerles. Mis casi veintiséis años me convertían en el jefe.

Sesión sin resultados

La sesión dio comienzo a la luz de una vela. Confieso que yo no tenía mucha idea de aquello: lo había visto hacer, cuando estuve en la «mili», a un andaluz que llamaban «el brujo», un tipo pintoresco que hacía tatuajes y juegos de magia, y que según sus manifestaciones era capaz, mediante su poder mental, de conseguir para toda la compañía un permiso extraordinario. Permiso que nunca se produjo.

Pusimos nuestros dedos indices sobre el vaso, sin tocarlo, y comencé la invocación:

-En nombre de los espíritus de la noche y por la energía que fluye de nuestras mentes yo te invoco, quienquiera que seas, a acercarte a nuestra mesa. ¡Manifiéstate!

La habitación estaba envuelta en la penumbra y había un silencio sepulcral, roto solamente por la respiración del más joven del grupo, mi cuñado Miguel Ángel, cuyos ojos, detrás de las gafas, miraban fijamente el vaso. Nada sucedió, ni un ruido, ni una voz, ni siquiera el vaso fue movido por ninguna energía misteriosa. De nuevo volví a pronunciar la invocación, más o menos con las mismas palabras, pero con más insistencia. La misma respuesta: el silencio. Estuvimos largo rato intentándolo, invocando, preguntando, casi desafiando. Al final abandonamos, rendidos por el sueño y un tanto decepcionados.

Serían aproximadamente las dos de la mañana cuando en la puerta de casa me despedí de mi novia, de mis cuñados y de Javier Horns, amigo del mayor de ellos, que me sonrió con cierta dosis de sarcasmo. Cerré la puerta y decidí acostarme. Mis padres habían ido al pueblo para ayudar a mis tíos a preparar las ristras de ajos, producto de gran tradición en Zamora durante las fiestas de San Pedro, que comenzaban dos o tres días después. Me encontraba, por tanto, solo en el piso.

Antes de ir a mi habitación revisé el cuarto de estar y vi que no quedaba ningún cigarrillo mal apagado. Abrí la ventana para que la estancia se ventilara y dejé todo como había quedado tras la sesión. La vela, el tablero y el vaso de cristal sobre éste.

Noche de insomnio y pesadillas

Me acosté y tardé en quedarme dormido. Me fastidiaba mucho no haber conseguido establecer contacto con el más allá, y lo que es peor: «Se habrán ido convencidos de que estoy loco..., que todo ha sido una tomadura de pelo». Con estas y otras consideraciones, dando vueltas en la cama y de cuando en cuando soplando y quejándome del calor de la noche, me fui quedando dormido. Recuerdo que estaba intranquilo y en ese estado, entre la vigilia y el sueño, abrí los ojos. En el reloj despertador que mi madre me había dejado, las manecillas fosforescentes parecían señalar las tres y diez de la madrugada. Encendí la luz para asegurarme: cierto. «Las tres y diez de la madrugada y yo sin dormirme -dije a media voz-, cualquiera me despierta mañana». Di una vuelta más en la cama, estaba sudando.

Llegó a mi oído el ladrido de un perro en la lejanía y el murmullo de los mil ruidos confusos de las noches de verano. El tic-tac monótono del reloj me ha sugerido siempre, en las horas de insomnio, palabras de dos sílabas. Aquella noche el reloj decía: duer-me, duer-me, duer-me..., o tal vez era mi deseo de dormir el que golpeaba mi mente para hipnotizarme, para sumirme en tan necesario descanso. No sé a qué hora ni qué pensaba cuando me quedé dormido.

Recuerdo que vagaba por un bosque de cipreses. A un lado y a otro del sendero había cruces. La noche era oscura y, sin embargo, yo veía claramente a mi alrededor. Todo estaba iluminado por una luz amarillenta, como procedente de mil cirios. Pude ver una fuente de piedra de la que manaba un hilo delgado de agua que después de golpear en su caída sobre unos cantos rodados se deslizaba entre fina hierba. Seguí aquel camino de agua. Note cómo una mano se apoyaba en mi hombro y detenía mi paso. Volví la cabeza sin miedo, como si aquel contacto me resultara familiar, y vi a un anciano alto y enjuto vestido con unas ropas extrañas. Su cabeza era cana, sus cejas anchas y canas también, sus ojos eran como de vidrio y su rostro estaba poblado de abundante barba. En sus manos pude reconocer mi tablero ouija y el vaso de cristal. Nada habló. De su boca, oculta por su barba, no escapó sonido alguno. En aquel bosque de cipreses reinaba el silencio. Unicamente se oía un latido y la respiración entrecortada del anciano. La luz ambiental se había vuelto más difusa, más medrosa..., más fría. Una lechuza gritó desde la rama de un árbol seco, de tronco negruzco, de cuyos leñosos brazos pendían jirones de tela y restos de cuerda. Percibí algo así como un aleteo inquieto de muchas aves y la voz trémula de una campana que tañía a lo lejos. Y también el tintineo agudo, delgado y triste de una campanilla de Viático que sonaba entre un rumor de sollozos y voces.

El anciano dejó el vaso en el suelo, y después, mirando el tablero de cartón, lo rasgó por el centro y con los dedos lo fue haciendo pedazos. A continuación sonrió. Sus ojos, velados y vidriosos antes, parecían ahora de fuego. Tendió una mano hacia el suelo y recogió el vaso de cristal. Acercóse al hilo de agua de la fuente y llenó el vaso, invitándome a que bebiera. Era un agua fría como el hielo, pero bebí con avidez hasta terminar el contenido. Luego, el anciano me arrebató violentamente el vaso y exclamó con voz grave y profunda:

-Estúpido. En este agua solo ves el modo de calmar tu sed, pero jamás encontrarás el camino de la sabiduría.

Y alzando la mano arrojó el vaso de cristal, que se hizo añicos contra la piedra de la fuente.

Un sueño hecho realidad

Un estremecimiento me devolvió a la realidad y desperté. Había amanecido. El reloj indicaba las siete de la mañana. Noté, al incorporarme, húmeda la almohada y mis ojos llorosos. Salté de la cama y corrí instintivamente hacia el cuarto de estar.

En el suelo estaba el tablero de cartón, roto en pedazos, y pude ver como la pared, empapelada con un dibujo de cenefas y flores presentaba una pequeña hendidura en el papel. Por el suelo de la estancia se hallaban esparcidos los restos del vaso de cristal.

Después de unos minutos de estupor recogí con temor los trozos de cartón del tablero ouija y los guardé en una bolsa de plástico. Bajé luego al cuarto de estar y tiré los restos de cristal a la basura.

Cuando mostré el contenido de la bolsa a la que hoy es mi mujer y a mi cuñado José Luis, y les conté el sueño, no quisieron creerme; pero era tanta la seriedad y firmeza de mis palabras y tanto miedo el que me invadía, que me aconsejaron que me deshiciera de los fragmentos del cartón, que los quemara y que procurara olvidarme del suceso.

Hoy, seis años después, sigo impresionado por lo ocurrido. No he vuelto a tener contacto con este tipo de experiencias y confieso que mientras escribía esta historia no he podido evitar el escalofrío y que mis cabellos se hayan erizado de terror al revivir el sueño. Más de una vez he vuelto la cabeza, con miedo, temiendo encontrar la cara del anciano de aquella pesadilla.

¿Quién destrozó el cartón ouija? ¿Quién estrelló el vaso contra la pared? En casa solamente estaba yo y puedo asegurar y demostrar que no soy sonámbulo y que afortunadamente no he sufrido jamás turbación de la razón, a pesar de que esta experiencia aún no la he superado y algún tiempo atrás se convirtió en una auténtica obsesión que me sumió en una pequeña depresión y en un estado de irritabilidad y nerviosismo. Lo más triste era que esta experiencia, más allá de la razón, debía olvidarla. Nadie creería mis palabras.

 

(Relato extraído de un coleccionable llamado «Misterio» -año 1988- de la ya desaparecida revista «Tele-Indiscreta». Fue publicado bajo el título «Más allá de los límites de la razón».)

 

Ilustración: Angélica López-Serrano Tezanos.

 

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