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¿Casualidad?

Anthony Hopkins y «La chica de Petrovka»

AFDLE (07/12/2014)

En muchas ocasiones el misterio no necesita de fantasmas, ovnis o psicofonías. Existen situaciones en las que, en la vida normal de una persona normal, se cuela un hecho llamativo y desconcertante. Queda ahí, en la anécdota; otorgando casi siempre a la casualidad todo el mérito. Pero hay ocasiones en las que la casualidad parece insuficiente.

Así le sucedió al conocidísimo actor Anthony Hopkins. Corría el año 1973 cuando al actor galés se le ofreció participar en la película «La chica de Petrovka», dirigida por Robert Ellis Miller y protagonizada por la conocida actriz Goldie Hawn. Como buen profesional, Hopkins decidió leer la novela que inspiraba la película, escrita por George Feifer. Para ello abandonó su casa e inició la búsqueda de la novela por todo Londres. Fue en vano; no encontró ninguna librería en la que dispusieran de al menos, un ejemplar.

Cansado y contrariado por lo ineficaz de su búsqueda, Anthony Hopkins decidió regresar a su casa. Para ello entró en la estación de metro Leicester Square, donde se sentó en un banco esperando el paso del próximo tren. Poco tardó en darse cuenta de que a su lado, sobre el banco, había un libro medio abierto. Daba muestras de haber sido muy usado. O era muy viejo o su dueño lo había empleado para mucho más que una lectura. Lo hojeó. Estaba repleto de todo tipo de anotaciones, lo que justificaba el aspecto del libro. Su dueño había pasado mucho tiempo pasando páginas, leyendo y escribiendo sobre ellas. La sorpresa, en cambio, se produjo al cerrar aquel libro. Su título: «La chica de Petrovka», de George Feifer. El libro que había estado buscando durante toda la tarde estaba allí, sobre sus rodillas, para alegría y desconcierto del actor británico.

La casualidad, si así decidimos llamarla, ya era extrema; sin embargo, no se quedó allí. Tiempo después, durante el rodaje de la película, Hopkins tuvo la oportunidad de conocer al autor del libro, George Feifer. Hopkins no pudo resistirse a contarle lo sucedido tiempo atrás con su novela. El autor, entonces, quiso ver el libro. No había duda, aquel libro había sido suyo. Un amigo, a quien se lo había prestado, lo había perdido en algún lugar del metro de Londres.